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El Ochavo

Este relicario barroco, terminado en el siglo XVII, reúne frescos de Maella, mármoles de colores y más de cien reliquias conservadas en una de las colecciones más admirables de la orfebrería española.

Relicario de la eternidad

En el corazón más reservado del templo, tras la Capilla del Sagrario y junto a la Sacristía Mayor, se esconde uno de los espacios más bellos y significativos de la Catedral Primada: El Ochavo.
Su historia comienza en 1591, cuando el cardenal Gaspar de Quiroga promovió la creación de un gran Sacrarium —un conjunto de estancias situadas en la zona norte de la Catedral— concebido para custodiar las reliquias que se habían ido reuniendo a lo largo de los siglos.

La llegada de los restos de San Eugenio y Santa Leocadia dio impulso definitivo al proyecto. De aquel Sacrarium surgió no sólo este relicario, sino también la advocación más querida de Toledo: la Virgen del Sagrario. Antiguamente, la imagen de la Virgen se alzaba sobre el arco que comunicaba con esta estancia, de modo que su nombre quedó ligado para siempre a ese lugar sagrado donde se guardaban los cuerpos santos.

Las primeras trazas fueron obra de Nicolás de Vergara el Mozo, maestro mayor de la Catedral. Sin embargo, las obras se sucedieron durante décadas, marcadas por interrupciones, muertes y revisiones de proyecto. En 1604, bajo el cardenal Sandoval y Rojas, se decidió destinar la parte nordeste del Sacrarium al futuro Ochavo. Intervinieron sucesivamente Juan Bautista Monegro y Toribio González, hasta que, en 1628, Jorge Manuel Theotocópuli, hijo de El Greco, presentó un nuevo diseño arquitectónico.
Finalmente, en 1653, durante el arzobispado del cardenal Moscoso y Sandoval, se concluyó la estructura exterior, siguiendo las trazas finales del maestro Lázaro Goiti, aunque respetando en parte las proporciones ideadas por Vergara.

El 19 de enero de 1673 tuvo lugar la solemne traslación de las reliquias al nuevo relicario, ceremonia que llenó la Catedral de incienso, cirios y cánticos. Desde entonces, el Ochavo se convirtió en el relicario mayor de la Primada, un santuario octogonal consagrado a la memoria de los santos y mártires.

El interior es una sinfonía de mármoles de colores, bronces dorados y frescos. Siete arcosolios —el número siete, símbolo de la creación— acogen más de un centenar de relicarios distribuidos en vitrinas de cristal y plata. La elección del ocho, en la planta, alude al día eterno, a la resurrección y a la nueva vida. Así, la arquitectura misma predica teología: siete días de creación, ocho de eternidad.

En 1778, las pinturas originales de Francisco Rizi y Juan Carreño de Miranda fueron sustituidas por frescos de Mariano Salvador Maella, pintor de cámara de Carlos III. Maella renovó por completo las escenas del cuerpo medio —las Virtudes Cardinales y Teologales— y restauró parcialmente las de la cúpula, diseñada por Jorge Manuel Theotocópuli, cuyo motivo central representa la Santísima Trinidad coronando a la Virgen. La luz que desciende desde la linterna superior multiplica los reflejos de los metales y anima los colores de los mármoles, creando una atmósfera que parece suspendida entre la tierra y el cielo.

El Ochavo no es solo un relicario: es una catequesis en piedra, una arquitectura que habla con el lenguaje del símbolo. Sus materiales nobles, sus proporciones y su historia cuentan la fe de una ciudad entera.
En este recinto, inaccesible al público y envuelto en penumbra, Toledo guarda su secreto más íntimo: la belleza al servicio de lo eterno.

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