Cuando la luz se hace arte
En la girola de la Catedral, justo detrás del Altar Mayor, se abre una de las creaciones más deslumbrantes del arte barroco europeo: El Transparente, ideado por Narciso Tomé y concluido en 1732 bajo el patrocinio del arzobispo Diego de Astorga, cuyo sepulcro se sitúa frente a su altar.
La intención era tan audaz como poética: permitir que un rayo de sol penetrase desde lo alto hasta el Sagrario, iluminándolo directamente como símbolo de la presencia divina. Para lograrlo, Tomé perforó la bóveda de la girola y transformó el hueco en un estallido de mármol, bronce, estuco y luz.
El conjunto representa la Apoteosis del Santísimo Sacramento, con una ventana oval rodeada de arcángeles por la que la luz inunda el Sagrario. En la parte superior, la Gloria celestial reúne a santos y ángeles en un movimiento ascendente que rompe los límites entre materia y espíritu.
El retablo posterior, labrado en mármol español y genovés, se estructura en varios cuerpos: en el inferior, la Virgen con el Niño y los relieves de David y Ajimelec y Abigail ante David, donde el propio Tomé dejó su firma; en el segundo, las esculturas de Santa Leocadia y Santa Casilda y, sobre ellas, la Santa Cena; más arriba, San Eugenio y San Ildefonso, y coronando el conjunto, las Virtudes Teologales —Fe, Esperanza y Caridad—, esculpidas en 1677.
Obra de arte total, El Transparente es arquitectura, escultura y luz a la vez: un espectáculo espiritual donde la piedra parece respirar y la claridad del mediodía se convierte en un acto de fe.