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El Claustro

Construido en tiempos del cardenal Tenorio (siglo XIV), el Claustro conserva trazas góticas, sepulcros medievales y los maravillosos frescos ilustrados de Francisco Bayeu en el siglo XVIII. Sus galerías y su jardín interior forman el corazón contemplativo de la Catedral.

El jardín del silencio

Rodeando el costado norte de la Catedral se extiende el Claustro, un recinto de piedra y luz concebido como lugar de paso… y de recogimiento. Su construcción se inició en 1389, bajo el arzobispado del cardenal Pedro Tenorio, y fue concluida en el siglo XV por su sucesor Juan Martínez Contreras. Las trazas corresponden a Rodrigo Alfonso, maestro mayor de la Catedral, que diseñó una estructura gótica de cuatro galerías abovedadas abiertas al patio central, donde aún crecen cipreses y naranjos, herederos del antiguo huerto monástico.

Los muros del claustro se pueblan de sepulcros, escudos y lápidas que recuerdan a canónigos, arzobispos y benefactores. Aquí se celebraron procesiones, lecturas y ejercicios devocionales; aquí resonaron las primeras lecciones del Colegio de Infantes y las voces de los coros infantiles que acompañaban las liturgias. En sus esquinas se abren puertas singulares: la de la Sala Capitular, la del Tránsito al Tesoro y la que conduce a la Capilla de San Blas, panteón de los arzobispos de la Baja Edad Media, decorada con frescos italianizantes de principios del siglo XV.

A lo largo de los siglos, el claustro fue transformándose. En el siglo XVIII, el cardenal Luis de Borbón mandó adornar sus muros con un ciclo de frescos narrativos encargados a Francisco Bayeu y Subías, cuñado de Goya y pintor de cámara de Carlos III. Las escenas —veintisiete en total— relatan episodios de la vida de la Virgen y de Cristo, integrando arquitectura, paisaje y figuras con una sensibilidad ya plenamente ilustrada.

El Claustro Bajo es hoy un espacio de tránsito sereno, donde el rumor de los pasos y la luz que cae en diagonal desde los arcos crean una música propia. Es un lugar donde el tiempo se detiene, donde las piedras guardan memoria y el silencio tiene ecos de oración.

Entre las sombras doradas de sus bóvedas y el verde del jardín central, el visitante siente que esta galería gótica es algo más que un pasillo: es el corazón contemplativo de la Catedral, un recordatorio de que toda grandeza necesita un instante de quietud.

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