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La Custodia de Enrique de Arfe

La célebre Custodia del Corpus Christi, obra de Enrique de Arfe (1500–1524), es un prodigio de orfebrería gótica y renacentista. Oro, plata y filigranas que cuentan la historia devocional más luminosa de Toledo.

El templo donde habita la luz

En la penumbra del Tesoro, una estructura de plata dorada se alza como una catedral suspendida entre el cielo y la tierra. Es la Custodia procesional de Enrique de Arfe, emblema de la Catedral Primada y corazón luminoso del Corpus Christi de Toledo. Su historia comienza en 1515, cuando el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros encargó al orfebre Enrique de Arfe, maestro de origen alemán afincado en Castilla, la creación de un relicario que honrase la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Durante casi una década, Arfe modeló un templo gótico en miniatura de 3,09 metros de altura, compuesto por más de 5.000 piezas ensambladas, 260 figuras y casi 200 kilos de plata sobredorada, enriquecida con oro, esmaltes y piedras preciosas. Su estructura se levanta sobre tres cuerpos ascendentes que simbolizan la Iglesia terrena, el mundo celestial y la gloria de Dios.

En el interior del primer cuerpo se custodia una joya aún más antigua: el ostensorio de oro adquirido por el Cabildo en la almoneda de Isabel la Católica (1505), atribuido al orfebre catalán Jaume Aimeric. De tipología portátil, se alza sobre un pedestal estrellado y un astil con nudo en forma de templete escalonado que alberga, en esmalte y bulto redondo, las figuras de Santiago, San Juan Bautista, San Pedro, San Pablo, San Juan Evangelista y la Virgen María. En su gollete prismático aparecen hornacinas con San Sebastián, San Cristóbal, San Francisco y la Virgen en relieve esmaltado.

Sobre este conjunto se eleva un templete de seis columnas decoradas con espigas, racimos y pámpanos, símbolo del pan y el vino eucarísticos. En su interior se guarda el viril, engastado con esmeraldas, granates, perlas y diamantes, rematado por una cruz de brazos rectos y coronado con un palomar cilíndrico del que emergen pequeñas palomas esmaltadas y un gran zafiro.

El primer cuerpo de la custodia de Arfe —donde se inserta este ostensorio de oro— se cubre con una bóveda estrellada de combados y terceletes, cuyas nervaduras doradas convergen en una clave central con pinjante de esmaltes y pedrería. Dieciocho rosetas con cabezas de querubines adornan el intradós, entre las cuales se intercalan seis medallas de ángeles en medio relieve: tres sostienen campanillas, y las otras tres —hoy perdidas— portaban incensarios. Entre los nervios se reparten doce cabujones esmaltados con estrellas, pequeños universos de luz que parecen vibrar cuando la plata refleja el sol.

Los cuerpos superiores continúan el ascenso: profetas y apóstoles sostienen filacterias con versículos bíblicos, las Virtudes Teologales coronan las aristas, y en la cúspide, el Cristo Resucitado bendice el conjunto, rodeado de ángeles que agitan sus alas. Sobre el último templete, un copete bulboso sostiene la Paloma del Espíritu Santo, y el remate final —obra del orfebre Láynez— es una cruz de plata dorada engastada con ochenta y seis perlas y dos esmeraldas.

La Peana de los Ángeles, realizada por Manuel Bargas Machuca en 1741 siguiendo diseños de Narciso Tomé, sostiene esta arquitectura milagrosa. Y desde 1781, la custodia desfila por las calles de Toledo sobre una carroza de plata con mecanismo basculante que mantiene su verticalidad en las cuestas. En 2015 fue desmontada pieza a pieza3.801 fragmentos numerados— para una restauración integral, que sustituyó su armazón de madera por una estructura interna de aluminio, invisible pero segura.

Cada año, en el Corpus Christi, la Custodia abandona la penumbra y se convierte en el centro de una procesión que detiene el tiempo. El sol se refleja en sus pináculos, en los rostros diminutos de sus ángeles, en los esmaltes y gemas que resplandecen como un incendio sagrado. Y Toledo, bajo su luz, parece revivir el milagro para el que fue concebida: el de hacer visible lo invisible.

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