El cielo pintado en los muros
En el ángulo nordeste del claustro se alza la Capilla de San Blas, mandada construir a partir de 1397 por el arzobispo Pedro Tenorio como lugar de su enterramiento.
De planta centralizada y cubierta con una bóveda octopartita, cuyos nervios descansan sobre ménsulas esculpidas, el espacio se accede a través de una portada gótica de arco apuntado, cuyas arquivoltas decoradas con motivos vegetales sostienen un delicado grupo escultórico de la Anunciación, obra de Ferrán González.
El mismo maestro talló los sepulcros en alabastro de Pedro Tenorio y de su consejero Vicente Arias de Balboa, obispo de Plasencia, dispuestos en el centro de la capilla, con la serenidad y el detalle que caracterizan al mejor gótico toledano.
El verdadero tesoro de este recinto son sus pinturas murales, ejecutadas hacia 1400, que recubren por completo los muros con un vasto programa iconográfico del Credo y del Juicio Final.
En ellas se suceden la Anunciación, la Adoración de los Pastores, Cristo ante Caifás, la Crucifixión, la Ascensión, el Pentecostés y la Resurrección de la Carne, junto a episodios de la vida de San Antonio, San Blas y los milagros de San Pedro.
Estas pinturas, recientemente restauradas, son una de las obras capitales del gótico internacional hispano. Su estilo revela la huella del Trecento italiano, inspirada en Giotto y su escuela florentina: la narración adquiere movimiento, los rostros emoción, y la luz empieza a modelar el espacio.
Los maestros Gerardo Starnina y Nicolás de Antonio, documentados en Toledo en estos años, fueron probablemente sus artífices o inspiradores.
La Capilla de San Blas es una catequesis pintada, un cielo narrado con los pigmentos del alma.
Allí donde Giotto humanizó la fe, Toledo la revistió de eternidad.