Linaje, memoria y piedra
Entre 1435 y 1440, el maestro Hanequín de Bruselas levantó esta capilla funeraria en estilo gótico toledano, ocupando tres tramos de la girola exterior.
Fue mandada construir por el condestable Álvaro de Luna, valido del rey Juan II, que tras caer en desgracia fue ajusticiado en 1453. Su esposa, Doña Juana Pimentel, conocida como la Triste Condesa, ordenó concluir la obra, transformando este recinto en un monumento a la memoria y al destino de su linaje.
El espacio, de bóveda estrellada y profusa decoración flamígera, es uno de los ejemplos más refinados del gótico final castellano.
En su centro, sobre el pavimento de piedra, se alzan los sepulcros yacentes de Álvaro de Luna y Juana Pimentel, tallados en alabastro con extraordinaria elegancia. Ambos reposan exentos, con las manos unidas en oración y los rostros serenos, como si el arte hubiera detenido el instante en que la fe redime la caída.
En los muros laterales se disponen otros enterramientos de la familia: los arzobispos de Toledo Juan de Cerezuela († 1442) y Pedro de Luna († 1404), así como Juan de Luna y Don Álvaro, hijo y padre del condestable.
Al fondo, el retablo gótico encargado por Doña María de Luna en 1488 reúne las trazas de Pedro Gumiel, las esculturas y predela de Juan de Segovia, y las pinturas del Maestro de San Ildefonso y Sancho de Zamora. En los ángulos, las imágenes de santos talladas por Mariano Salvatierra en 1791 aportan un último acento devocional.
La Capilla de Santiago es una de las obras maestras del arte funerario español: un espacio donde el poder y la belleza se reconcilian en piedra, y la memoria de un linaje se convierte en oración perpetua.