La llama antigua del rito hispano
Destinada en 1504 por el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros para perpetuar la celebración del rito hispano-mozárabe, esta capilla —también llamada del Corpus Christi— conserva viva la liturgia más antigua de la cristiandad hispana.
Aquel rito, heredero de los tiempos visigóticos y mantenido durante siglos por los mozárabes (cristianos en territorio islámico), halló aquí su santuario definitivo tras la Reconquista de Toledo en 1085, cuando sólo en esta ciudad siguió celebrándose.
El espacio ocupa el lugar de la antigua sala capitular, de la que aún subsiste un cielo estrellado recientemente redescubierto. Su traza inicial fue obra del maestro Enrique Egas, y las obras se prolongaron entre 1502 y 1510.
Tras el incendio de la linterna en 1622, fue Jorge Manuel Theotocópuli, hijo de El Greco, quien reconstruyó la cúpula, concluyendo el conjunto en 1631. La reja de entrada, labrada por Juan Francés en 1524, luce los escudos del cardenal Cisneros y del canónigo obrero Diego López de Ayala. Tras ella se abre un trampantojo gótico pintado por Juan de Borgoña (1514), que simula una portada arquitectónica coronada por una Piedad atribuida a Enrique Egas.
El interior conserva un extraordinario programa pictórico que conmemora el Sitio y la Toma de Orán (1509), empresa militar y espiritual del propio Cisneros, ejecutado también por Juan de Borgoña con su característico equilibrio entre el realismo narrativo y la serenidad devota.
Preside el altar un retablo reformado en 1791, compuesto por tablas de santos y coronado por un crucifijo iberoamericano (1590). En su centro destaca un mosaico vaticano encargado por el cardenal Lorenzana, que representa a la Virgen y el Niño según un grabado de Carlo Maratta.
Cada mañana, en este recinto, sigue resonando la Misa del rito hispano-mozárabe, tal como Cisneros la restauró e imprimió en 1500.
La Capilla Mozárabe es, aún hoy, un puente entre siglos: el eco intacto de una oración antigua que Toledo custodia como su llama más pura.