El patrono de Toledo y la memoria de Albornoz
Dedicada a San Ildefonso desde los orígenes de la Catedral (1226, arzobispo Jiménez de Rada), la capilla adopta su forma octogonal en el centro del ábside tras la demolición de tres pequeñas capillas que ocupaban este ámbito. Su gótico sobrio luce bóveda de crucería con lóbulos dorados en los nervios y el escudo de armas de Gil Carrillo de Albornoz, gran arzobispo, legado pontificio, ministro de Alfonso XI y fundador del Colegio de San Clemente de los Españoles de Bolonia. Fallecido en Viterbo (†1367), Albornoz reposa en el centro, en un sepulcro que convierte el espacio en panteón y memoria de gobierno eclesiástico.
El programa funerario se completa en los muros con una secuencia de enterramientos que recorre siglos: desde la izquierda, Alejandro Frumento, nuncio papal (†1580); el arzobispo Juan Martínez de Contreras (†1434); Íñigo López Carrillo (†1491); y el cardenal Gaspar de Borja y Velasco (†1645). A la derecha del altar se alza una de las obras maestras del plateresco: el sepulcro de Alonso Carrillo de Albornoz, obispo de Ávila, labrado por Vasco de la Zarza en 1515, con la delicadeza de mármoles y relieves que anuncian la sensibilidad renacentista. Ya en época reciente, entre la reja y el túmulo de Albornoz, fue sepultado el cardenal Marcelo González Martín (†2004), testimonio de la continuidad viva de la sede primada.
Preside el fondo el retablo (1780) de Ventura Rodríguez, que representa la Descensión de la Virgen para la imposición de la casulla a San Ildefonso: la gran escena identitaria de Toledo. En esta capilla, el patrono y el gran reformador de la Iglesia toledana se encuentran en una misma arquitectura: devoción, gobierno y memoria como un único legado.