La fiesta de hoy nos recuerda que la Madre de Jesús, que también es nuestra Madre del Sagrario, ya goza de la plena felicidad en el cielo y que esa es la meta a la que estamos llamados todos nosotros. De hecho, en nuestro caminar por la vida Ella es la gran intercesora, por encima de los Santos de Dios, y, en las Letanías del Rosario, la invocamos también como «Puerta del cielo». Claro, queridos hermanos, la que con su sí al Ángel fue puerta de entrada de Dios Hijo en nuestra historia continúa actuando en favor nuestro.

De este modo, «mira a todos y a cada uno de nosotros, como Madre de ternura, misericordia y con amor y nos anima a sentir su mirada», dice el Papa Francisco. Observad su mirada. Las imágenes de la Virgen no contienen toda la belleza de la Madre de Dios, pero nos ayudan a vislumbrar algo de esa belleza de su rostro. La Virgen del Sagrario está así en el corazón de tantos toledanos, los de toda la vida y los que hemos llegado a esta ciudad bella y compleja, hermosa y necesitada siempre de cuidados. Cuidados de sus plazas y calles, sobre todo en el casco antiguo, con la delicadeza que merece su grandeza patrimonial.

Cuando hablamos, pues, de la Virgen del Sagrario, nos referimos a esta Sagrada imagen de María (siglo trece), pero tenemos presente a Nuestra Señora, hoy glorificada y, por ello, puesta en el lugar más alto de las criaturas que hizo el Señor. No olvidemos su función de Madre, precisamente porque su condición materna con Jesús ha sido transformada por Dios y prolongada en la historia de los hijos de los hombres.

Hablemos un poco de todo esto en la fiesta mayor de Toledo en honor de la Virgen del Sagrario. La primera lectura, tomada del libro del Apocalipsis, nos recuerda la potencia del amor de Dios, que se manifiesta en la debilidad de un niño que nace, pero que es más fuerte que el terrible dragón que acecha para devorarlo. La figura de la mujer, que se ha entendido como imagen de la Virgen María, llena del amor de Dios –está vestida del sol-. Pero también se puede entender que el autor sagrado (san Juan) esté pensando en la Iglesia. Y lo grandioso es que ambas, la Virgen y la Iglesia, no dejan de engendrar hijo e hijas a la vida divina, a ser cristianos, a pesar de las dificultades de la historia. Dificultades que hoy son muy concretas y diferentes de las que los católicos tenían hace 100 ó 2000 años atrás. Por eso, aun en medio de nuestra fiesta, ésta no nos aparta de las preocupaciones de cada día, pero nos invita a vivirlas como lo hizo la Virgen María. Ahí está el evangelio de hoy.

En él, en efecto, se nos señala dos aspectos fundamentales. Por una parte, está la fe de María, que es alabada por Isabel, su prima: «Bienaventurada lo que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá». Una fe que ella, la Virgen, en el canto del Magnificat, nos muestra que no consiste solo en tener como ciertas algunas verdades («la fe del carbonero»), sino en dejar que el Señor conduzca toda su historia. Es la fe vivida como María que nos permite exclamar con ella: «El Señor ha hecho obras grandes por mí». Y esto es posible, lo vemos en tantos hermanos y hermanas nuestras, no es imposible como quiere hacernos entender la cultura un tanto agnóstica y con cierto regusto de ateísmo, casi siempre práctico, porque la gente hoy no se pregunta las grandes cuestiones. Si el dragón pretende ridiculizar nuestra pequeñez y nos amenaza con su tamaño y su aparente poder, la Virgen María nos recuerda que es en nuestra debilidad, si nos ponemos al alcance de Dios en la oración y en el deber cumplido, donde Él quiere realizar obras grandes.

Por otra parte, la escena del evangelio de hoy también nos señala que el camino de María fue el del amor. Ella es la que «se puso en camino con prisa hacia la montaña» para acompañar a su prima ya mayor que esperaba un hijo. Si después toda su vida fue seguir a su hijo Jesús quien, por amor, ofreció su vida por nosotros y, con su muerte y resurrección, nos abrió el camino hacia el cielo. Quien duda que Nuestra Señora siguió fielmente ese camino, acompañándolo también en el Calvario y ahora está junto a Él en cuerpo y alma.

La entrañable figura de Santa María se quedó grabada en el corazón de los Apóstoles y de los primeros cristianos. Los últimos días de la vida mortal de la Virgen fue un hermoso despedirse de la moría en el Señor. Dice san Juan Damasceno (Homilía I sobre la Dormición, 11-14): «Los apóstoles han llevado su cuerpo sin mancha, arca de la verdadera alianza, y lo han depositado en su santo sepulcro. Y allí, como si fuera otro Jordán, ha llegado a la verdadera Tierra Prometida, a l Jerusalén celestial, Madre de todos los creyentes, de la cual Dios es el arquitecto y constructor. Porque tu alma no ha descendido al lugar de los muertos, pues tu carne no ha conocido la corrupción. Tu cuerpo purísimo, sin mancilla, no ha sido abandonado a la tierra, sino que te lo has llevado a la mansión del reino de los cielos, tú, la Reina, la Soberana, la Señor, la Madre de Dios, la verdadera Theotokos. Pon tu mirada sobre nosotros, oh Reina, Madre de nuestro Soberano: guía nuestro camino hasta el puerto sin tempestad del buen deseo de Dios.

Con la Asunción de María a los cielos, que la Madre del Sagrario nos invita a celebrar hoy y a participar de esa esperanza cierta de glorificación también para nosotros, Cristo comenzó a destruir a su último enemigo: la muerte, «porque lo ha sometido todo bajos sus pies» (1 Cor 15, 27ª). Nosotros nos admiramos de este acontecimiento de la Madre de Dios glorificada y que sube al cielo, como solemos decir. Pero es real la Dormición de María (su muerte, pero también la gloria de su resurrección, esperanza de la nuestra).

Os invito a la alegría de María, que es la nuestra, con Fray Luis de León:
«Al cielo vais, Señor, // y allá os reciben con alegre canto. // ¡Oh quien pudiera ahora// asirse a vuestro manto// para subir con Vos al monte santo//.

«Volved los blandos ojos, // ave precisa, sola humilde y nueva, // a este valle de abrojos, //que tales flores llevan, // do suspirando están los hijos de Eva.

«Que, si con clara vista, // miráis las tristes almas deste suelo, // con propiedad no vista, // las subiréis de un vuelo, // como piedras de imán al cielo, al cielo».

Déjate asombrar por el arte y la historia